Nuestra materialidad se expresa d tantas e infinitas formas q podemos siempre reconocer en ella una Energía Poderosa animando toda la existencia.
Esta tierra ejemplifica singularmente esa inagotable creación, ofrendando lugares para observar y permitirse sentir aquel amor sin medida, sin parametros, sin tiempo.
San Pedro d Atacama, ha permitido q muchos d nosotros viajeros, buscando abrigo solar en su desértica apariencia interactuemos con los regalos repartidos en la visión extendida d salares, sus caprichosas cordilleras d barro y sal, rios prodigiosos y volcanes q empinados nos recuerdan es un soplo la vida humana.
Algo d entrada al cielo tiene este pueblo, especialmente por la magnificencia d sus Geysers madrugadores y bulliciosos q cada amanecer festinan desde su sitio casi oculto por la altura y recovecos q resultan ser condición mínima para acceder a ese tiempo inscrito d gracia divina.
Convergen allí los elementos con una armonía retratando el anhelo d vivir en el completo cobijo d la madre, en su abundancia tetera, en su coqueteo al sol y todo aquello que juntos tejen, un paisaje para traer a cada instante, respirarlo y repasar en él tanto privilegio d ser terrestres, aprendices d la magia terrenal.


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